CORAZONES AGRADECIDOS

CORAZONES AGRADECIDOS

Salmos 9:1,2  Te alabaré, oh Jehová, con todo mi corazón; Contaré todas tus maravillas. Me alegraré y me regocijaré en ti; Cantaré a tu nombre, oh Altísimo.

 

Alabar es manifestarle a Dios nuestra gratitud y reconocimiento. Es decirle “gracias” por cada uno de los aspectos de su naturaleza divina. Nuestra actitud interna se vuelve una expresión externa. Al hacerlo, nos ayudamos a ampliar así nuestra visión de quién es Él. En cada salmo que lea busque algún atributo o característica de Dios por la que le pueda dar gracias.

 

Colosenses 3:15  Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.

 

 

Este versículo ha sido uno favorito entre los cristianos porque se declara que la paz de Cristo actuará como una clase de árbitro dentro de nuestros corazones, dándonos una paz íntima y privada del alma a la hora de buscar guía o ayuda al tomar una decisión. Pero la paz de Cristo no se refiere a la paz íntima y personal del alma, sino a la paz que él encarna y brinda nos ayuda Juan 14:27 La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo y es equivalente a la salvación. Además, no hay duda en cuanto a que la paz de Cristo actúe como un árbitro. No es cuestión de la paz de Cristo actuando como “árbitro”, más bien el verbo significa gobernar; Cristo mismo, que es el Señor de paz, es el que está presente y gobierna en medio de nosotros. Él controla cada área de sus vidas mientras que ellos se relacionan los unos con los otros. Puesto que se nos dice que los colosenses han sido llamados a esta paz (a través del evangelio), entonces debe también describir el ámbito o esfera en la cual ellos, como miembros del cuerpo de Cristo, viven ahora.

 

Para Pablo, el demostrar el poder transformador del evangelio sobre las vidas de la gente era tan importante como defenderlo del error. Los colosenses pueden cumplir diariamente el mandato de centrar su atención y afecto en las cosas espirituales gracias a su identificación con Cristo, al morir al pasado y al poder que en el presente reciben a causa de la resurrección de Jesús.

 

Al ser la palabra de Dios eterna, el poder transformador de Cristo, también para los tiempos actuales, nos permite un acercamiento espiritual diario, un encuentro diario para agradecerle por todas las cosas positivas y negativas que nos ocurren – no crea hermano – que al Señor se le escapó algo malo que le sucedió a usted. Él nos pone a prueba cuando invocamos su ayuda, muchas veces no recibimos lo que pedimos, porque no tomamos en cuenta la experiencia a la cual somos sometidos, porque recuerda la palabra profética en Apocalipsis 2:10  No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.

 

El resultado final de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas es una paz profunda y duradera. A diferencia de la paz del mundo, cuya definición suele ser ausencia de conflicto, esta paz es una confiada seguridad en cualquier circunstancia; con la paz de Cristo, no tenemos por qué temer al presente ni al futuro. Si su vida está cargada de tensión, permita que el Espíritu Santo lo llene de la paz de Cristo.

 

La palabra de Dios en Filipenses 4:6 dice Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Entonces porqué afanarse, por las cosas aparentemente malas que nos ocurren.

 

¡Imagínese no tener que estar “afanoso” jamás por nada! Esto parece imposible, todos tenemos preocupaciones en nuestro trabajo, en nuestros hogares, en el colegio, en el puesto de venta en la movilidad en la cual estamos viajando. Pero Pablo nos aconseja cambiar nuestras preocupaciones en oraciones. ¿Quiere usted preocuparse menos? ¡Entonces ore más! En el momento en que empiece a preocuparse, deténgase y ore.

La ansiedad no tiene lugar en la vida de los cristianos ya que en todo puede haber oración, la oración en sus varias formas y modos: petición, ruego, pero por sobre todo acción de gracias. Esto es porque debemos siempre alabanza a Dios, y porque la fe es vivificada cuando recordamos en acción de gracias lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado. Hay un eco aquí de la enseñanza de Jesús en Mateo 6:25-34  Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?  Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?  ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?  Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;  pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

 

Debido a sus efectos insalubres, nos sugiere no preocuparnos por aquellas cosas que Dios promete suplir. La preocupación puede dañar su salud, dar lugar a que el objeto de su angustia consuma sus pensamientos, mermar su productividad espiritual, afectar negativamente la forma en que usted trata a otros, y reducir su capacidad de confiar en Dios. Aquí está la diferencia entre la angustia y la preocupación genuina: la angustia inmoviliza pero la preocupación nos mueve a la acción, y la fe mueve la mano de Dios.

 

 

 

 

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