Las ‘Siete Palabras’ de Jesús como una expresión del plan de salvación

Las ‘Siete Palabras’ de Jesús como una expresión del plan de salvación

En casi todas las iglesias católicas, y en muchas iglesias evangélicas, suele predicarse, en esta semana del año en que se conmemora la muerte de Cristo, las conocidas siete palabras de Jesús en la Cruz. Comúnmente se le llama Semana Santa, aunque cabe resaltar que todos los días son santos, hay que vivir en Santidad para Dios. En el presente artículo nos proponemos considerar las ‘Siete Palabras’ como una expresión sintética del plan de la salvación, tratando de caracterizar tales frases en una sola palabra:

La palabra misericordiosa.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34.). Podemos decir que todo el plan de nuestra salvación radica en la misericordia de Dios. El secreto de tal maravilla, en la cual desean mirar los ángeles, se basa en la soberana misericordia de Dios. “De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito…” (Juan 3:16). “La gracia de Dios que trae salvación…. se manifestó” (Tito 2:11).

El corazón de Cristo estuvo lleno de misericordia, de compasión, a través de todo su ministerio público. Se compadecía de los enfermos y los sanaba, de las gentes hambrientas y les daba de comer, de los inocentes niños que estaban por entrar en los azares y vicisitudes de la vida, y los bendecía. Estos rasgos de compasión son comprensibles hacia tales personas, pero lo extraordinario, lo inverosímil, desde el punto de vista humano es compadecerse de los enemigos, de los que nos hieren, de los que nos afrentan; sin embargo, hasta este punto llega el amor de Jesucristo, hasta amar y bendecir a los que eran material y moralmente culpables de los terribles dolores que en aquellos momentos le afligían.

La palabra alentadora.

“De cierto te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23:43). La segunda palabra es fruto de la primera. El compañero de martirio, ha oído algo tan sorprendente que, de repente, su corazón da un vuelco y se le abren los ojos de la fe. Ha oído de labios de Jesús la palabra Padre. ¿Quién es este ajusticiado que puede llamar a Dios Padre, y al mismo tiempo interceder por sus verdugos? ¡Oh, si él pudiera dirigirse a Dios con esa paz y tranquilidad de espíritu! Pero no, no puede. Acudió al Señor, su Salvador. Recuerda sus maldades con pena y se da la culpa de ellas; no trata de excusarse… Haz lo que hizo el ladrón: acudir a Cristo que ha dicho: ‘Al que a Mí viene no le echo fuera’.

La palabra cuidadosa.

“Mujer, he aquí tu hijo; Juan he ahí tu madre” (Juan 19:26-27). La vida cristiana no es sólo un continuo pensar y hablar del cielo. Allá están, sí, nuestros principales intereses; pero precisamente porque es así y allá nos dirigimos, debemos, en tanto, atender bien nuestros deberes de la tierra. Jesús, como hijo humano de una dolorida mujer que se hallaba al pie de la cruz, tenía deberes humanos y los atendió cuidadosamente encomendando a aquella buena y amante madre al discípulo amado, y a Juan le encomendó a María.

La palabra conmovedora.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?” (Mateo 27:47). Esta es la más misteriosa de las siete palabras, y podríamos decir, de todas las que Cristo pronunció en el curso de su ministerio. El mismo apóstol Pablo nos aclara el misterio en Filipenses 2:6,7 “…el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo…”. La exclamación no era una queja, ni una duda, pero era una situación interna que no la conoceríamos si no la hubiese expresado. Es una pregunta al Padre, de la cual no espera contestación del mismo Padre. ¿De quién la espera, pues? De mí y de ti.

La palabra expresiva

“Tengo sed” (Juan 19:28). Podemos darle el título de ‘expresiva’ a esta breve frase (que es una sola palabra en el original) porque expresa, dos grandes sentimientos de Cristo: Uno físico y otro moral. En primer lugar, es una expresión de la necesidad física que sentían todos los crucificados a causa de la pérdida de sangre y la fiebre producida por las heridas, y Jesús la pronunció para dar cumplimiento a la profecía que había previsto esta circunstancia en el Salmo 22:15, y en el 69:21.

Pero hay un texto en Isaías 53 que nos muestra el sentido moral de semejante expresión, de ese grito, de ese anhelo, que se dejó oír en la cruz: ‘Del fruto de su alma verá y será saciado’. Y somos nosotros el fruto de su sublime sacrificio.

La palabra garantizadora.

“Consumado es” (Juan 19:30). Esta palabra es la más corta pero también la más grande, la más alentadora, la más significativa para nosotros. Es ‘nuestra palabra’ que recibimos como prenda de seguridad y de esperanza de labios del Señor. Jesús había dicho ya: Una palabra para sus verdugos. Una palabra para el ladrón arrepentido. Una palabra para su madre. Dos palabras para sí mismo, aunque con referencia simbólica y moral a nosotros. Ahora pronuncia una directa y para nosotros, para alentar y afirmar nuestra fe. ¡La cuenta había sido pagada!

La palabra reveladora.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23: 45). ¿Podremos decir esto cuando nuestra hora llegue? ¿Podremos enfrentarnos con una realidad tan misteriosa y desconocida sin temor alguno? Podremos, ¡sí!, aunque no seamos, como El era, su Unigénito, podremos como hijos adoptivos. Ved cómo Esteban, que no era más que un creyente como nosotros, pudo imitarle en dos de sus palabras de la cruz. Sigamos su ejemplo y se cumplirá en nosotros, como se cumplió en Esteban, la promesa de Cristo: ‘No se turbe vuestro corazón…’ ‘Voy a preparar lugar para vosotros’.

 

JHernán Gutiérrez

Comunicador Social y Periodista. Director del equipo de Celestial Stereo. Apasionado con las misiones. “Disfruto cada momento cerca de Dios, mi familia y me considero un soñador empedernido”

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