Cómo vencer la indiferencia

Cómo vencer la indiferencia

Definir el concepto. ¿Qué es la indiferencia? Es un estado de ánimo no determinado. Es una actitud vacilante, sin determinación. No combatir. Que no prefiere una cosa a otra. Es una falta de compromiso y responsabilidad que abarca a todas las esferas de la vida en sociedad: Familiar, laboral, estudiantil, en lo moral (la dinámica, visión, de una iglesia local). La insumisión es un ejemplo claro de una sociedad indiferente a los intereses globales de una nación. Es la rebeldía silenciosa». Este virus de la indiferencia ha invadido nuestra sociedad actual de una forma alarmante. Los sistemas del mundo de hoy contienen una gran dosis de indiferencia y apatía que debemos combatir.

El creyente y la iglesia han sido influidos estrepitosamente por este sistema abominable de indiferencia. Esta actitud nos lleva a hacer concesiones con el mundo y su sistema de valores; nos roba las convicciones firmes de la palabra de Dios y nos conduce a una flojera y debilidad del alma y del espíritu que desembocan en un cristianismo tibio, incoloro, fluctuante y falto de poder y autoridad. Debemos localizar, aborrecer y combatir a este enemigo para poder derrotarlo y mantenerlo a raya.

DERROTANDO LA INDIFERENCIA

La Biblia dice que hemos escapado de las contaminaciones de este mundo por el conocimiento del Señor; por tanto, no nos enredemos otra vez en ellas. «Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero» (2Pedro,2:20).

Si la indiferencia es rebeldía silenciosa, «Pero ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero» (Mateo, 21:28-32); combatámosla con obediencia visible, «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro» (1Pedro, 1:22).

Si la indiferencia es una actitud sin determinación y vacilante, «para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error» (Efesios, 4:14); hagámosle frente con determinación y firmeza, «Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro (con determinación, dice la Biblia de las Américas) para ir a Jerusalén» (Lucas, 9:51).

Si la indiferencia es no tener preferencias por una cosa u otra: luz o tinieblas, verdad o mentira, limpio o inmundo; «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!» (Isaías, 5:20); entonces decidamos separar lo vil de lo precioso y afirmarnos en ello. «Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos. Y te pondré en este pueblo por muro fortificado de bronce, y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y te libraré de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes» (Jeremías, 15:19-21)

Si la indiferencia es una falta de compromiso y responsabilidad; mantengámonos fieles al Pacto de sangre, a través de Jesús, y actuemos en consecuencia. «El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. 29   ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?» (Hebreos, 10:27-29).

Si la indiferencia nos lleva a hacer concesiones con el mundo y ceder a sus influencias; «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? Pero él da mayor gracia…» (Santiago, 4:4-5); entonces no nos conformemos a este siglo. «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Rom.12:2).

Si la indiferencia nos roba las convicciones firmes de la palabra de Dios; no te conformes con ello y afirma tus valores sin moverte de la palabra de verdad. «Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente… ¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Romanos, 14:22,23). «…que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar…» (2Tesalonicenses, 2:2)

Pertenecemos a otro Reino donde operan otras leyes y principios. Hemos sido trasladados del sistema de este mundo, al Reino de Su Hijo Amado (Col.1:13); por tanto, la actitud normal del hombre nacido de nuevo es contraria a la indiferencia. El hombre nuevo no puede ser indiferente ante la disolución de los principios del Reino en su generación; y si ha sido atrapado en ello, hay que actuar con sinceridad y valor: Localizándolo (reconocerlo); aborrecerlo (arrepentirse) y combatirlo con firmeza. La indiferencia conduce a la pasividad, pero la vida de fe es acción en el camino de la verdad.

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